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  Te extraño de pura bronca, yegua puta. Encima con este bicho de mierda ni siquiera tengo adónde llevarte una florcita. ¿A vos te gustaban los jazmines, nocierto? Si me hubieran dejado yo te tendría acá en casa, en una urnita coqueta, y escucharíamos Pimpinela todo el día al palo. Pero andá a saber dónde fuiste a parar. Yo le tengo que echar la culpa a alguien, te aviso para que sepas. La que avisa no traiciona. Esto es por el Juan, estoy segura. Las chicas dicen que vieron un auto negro, pijudo, alto yate. ¿Te acordás que vos me contaste que el Juan andaba haciéndose el pillo con un dealer de Quilmes Oeste, que quería venirse más al sur? Vos sabías bien como venía la mano, yegua, y te dejaste matar como una perejila. A mi vieja le gustaba escribir cartas. Viste que te conté que mis tíos se quedaron en el sur, en Caleta Olivia y Madryn, y ella se vino para acá. Así que a mí se ve que me picó ese bicho, porque te voy a ir dejando estas que son como cartas acá para contarte có...
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  Tenés suerte gato. Con las chicas siempre tenemos pervinox, gasa, algodón y algún analgésico que te sirva para dormir mejor. No me mirés con odio si ya se que te duele. No sos tan raro, gato, te enamoraste en la calle y te dieron para que tengas y ahora estás en casa dejándote curar el cuero y el orgullo con una caricia en el lomo que trajiste sucio de quilombo. No sos tan raro gato Nos basta que nos llamen y un lugar donde dormir sin miedo.
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  Me puse a leer el libro que me dejó la María Clara. Tiene una mancha oscura en la tapa, que ella me dijo que es café y yo le creo. Las dos mentimos. Siempre una se acostumbra a mentir. Es como el nombre, que para todos es mentira. Pero ella es la María Clara y yo soy la Magdalena. Soy la de la canción , la de la casita en la ruta. La que chupa a cuenta de Sabina. El libro habla de un chico preso. Preso y solo. Yegua la María Clara. Ella estuvo presa, capaz que por eso le gustó el libro. A mí me pone triste. Me da por llorar cuando pienso. A ella nunca la vi llorar, me parece. Miento. Una vez. Cuando se enteró que había muerto Juan, en un laburo en Berazategui. Vino acá a casa con seis latas de Quilmes y un pizza, porque a él le gustaba la pizza de tomate con anchoas y la extrañaba cuando estaban en Florencio Varela. N adie lo visitaba para llevarle una, me contó. La María Clara lloró calladita, mirando para abajo. Hasta que terminó la última latita y el gas la hizo eructar y n...
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  Hoy amanecí puta. Con las cuatro letras en mayúsculas y en los huesos, doloridos de tanto renegarme. Hoy amanecí, así, puta. Lo único que me dejaron ser – aunque con otro nombre, mucho más exclusivo y miserable– Hoy amanecí por primera vez puta porque desde hoy me llamo Magdalena para la ley para este plástico verde que me nombra pero no paga ni el forro ni el sánguche ni las ganas de llorar en la resaca. Hoy seguiré saliendo de noche y a la calle a lavarle la lujuria culposa a un cualquier cristo que t enga virtudes públicas y pecados en efectivo. Pero tengo el inicial orgullo de elegirme. Y llamarme Magdalena.
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Decidí juntar palabras porque tengo miedo. Y tengo un teléfono celular. Y un nombre. Y cosas que contar. Pero sobre todo, hay las cosas que no tengo.  Paz. Tranquilidad. Hogar. Trabajo. Respeto. Espacio. Familia. Dignidad. Expectativa. Médico. Seguridad. Escuela.  Alguien que me aguante mirarme a los ojos. Y sonría como a mí me gusta sonreír, y no me dejan... Me llamo Magdalena. No soy la que llora.