Hoy amanecí puta.
Con las cuatro letras en mayúsculas y en los huesos,
doloridos de tanto renegarme.
Hoy amanecí, así, puta.
Lo único que me dejaron ser
–aunque con otro nombre, mucho más
exclusivo y miserable–
Hoy amanecí por primera vez puta
porque desde hoy me llamo Magdalena
para la ley
para este plástico verde que me nombra
pero no paga ni el forro
ni el sánguche
ni las ganas de llorar
en la resaca.
Hoy seguiré saliendo
de noche y a la calle
a lavarle la lujuria culposa
a un cualquier cristo que tenga
virtudes públicas
y pecados en efectivo.
Pero tengo el
inicial orgullo de elegirme.
Y llamarme Magdalena.

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