Me puse a leer el libro que me dejó la María Clara. Tiene una mancha oscura en la tapa, que ella me dijo que es café y yo le creo. Las dos mentimos. Siempre una se acostumbra a mentir. Es como el nombre, que para todos es mentira. Pero ella es la María Clara y yo soy la Magdalena. Soy la de la canción , la de la casita en la ruta. La que chupa a cuenta de Sabina. El libro habla de un chico preso. Preso y solo. Yegua la María Clara. Ella estuvo presa, capaz que por eso le gustó el libro. A mí me pone triste. Me da por llorar cuando pienso. A ella nunca la vi llorar, me parece. Miento. Una vez. Cuando se enteró que había muerto Juan, en un laburo en Berazategui. Vino acá a casa con seis latas de Quilmes y un pizza, porque a él le gustaba la pizza de tomate con anchoas y la extrañaba cuando estaban en Florencio Varela. N adie lo visitaba para llevarle una, me contó. La María Clara lloró calladita, mirando para abajo. Hasta que terminó la última latita y el gas la hizo eructar y n...